Oviedo es una ciudad malherida y agujereada. Una gran ciudad que se deshabita en verano, cuando todos huyen a la playa o a sus orígenes. Sobre unos andamios amarillos canta La Bomba uno de los que se tuvo que quedar y cae sobre el asfalto el humo de las obras y de su música. Porque en esta ciudad las obras no paran ni en verano. En esta ciudad deshabitada uno sobrevive a los atascos imposibles. Porque los cuatro habitantes de esta ciudad salen todos a la vez justo cuando yo salgo de casa. Inmersos en el tráfico recordamos a nuestras familias, imaginamos la dulce cara de nuestro alcalde tan enamorado y limpio, adicto a los túneles, a las rotondas y a las misas. Un coche marrón como tus ojos me cierra el paso en el momento justo en el que voy a cruzar, quizás para que veas con claridad que el tío es del Atlético de Madrid y que se llama Salvador, porque así lo dicen las pegatinas que lleva en la puerta de su maletero.
Sobre los andamios amarillos miles de albañiles cantan Poker Face y mierdas similares, y yo busco en los automóviles de al lado una boca que me sonría, que me invite a mudarme a su coche o a una isla desierta. Un autobús rojo pasa cerca, muy cerca, joder, terriblemente cerca, y dentro una pareja comparte sudores y yo me baño en los besos que se cuelan por la ventanilla. Les miro y sueño con nadar en esos abrazos y en el aire acondicionado de ese autobús lleno de cielos azules como esa camiseta tuya que te pones a veces.
A veces, sobre todo en estos momentos, nos salva la música. En la radio de un coche suena Sabina y su voz cargada de nicotina, gris como las aceras, nos dice que el olvido una vez duró 19 días y 500 noches.
Este atasco durará menos, aunque si estás en el asiento de al lado, por mí como si es para siempre.