jueves, 17 de noviembre de 2016

Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:
-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

viernes, 11 de noviembre de 2016

A veces también sé soñar despierto



¿Alguna vez habéis soñado ser otra persona? Una noche soñé que era una arqueóloga (sí, arqueóloga) y me encontraba en una expedición en la Antártida, lo curioso fue que estaba en mangas de camisa en ese gigantesco gigante helado. Yo estaba con dos o tres personas más (creo recordar que eran algo así como mis ayudantes) y desde el horizonte se acercaba una figura sonriente que me resultaba muy familiar, tanto como que era mi padre; lo curioso fue que al seguir la línea de sus rasgos comprendí que era yo mismo a la edad de unos 60 años, más o menos, visto desde los ojos de mi propia hija. Mi padre, que era yo, me sonreía y me hablaba de las ruinas de una antigua ciudadela enterrada en el hielo. En ese momento, y sólo en ese momento, comprendí que estaba soñando. Al instante la ilusión reapareció y olvidé que era un sueño, el hielo comenzó a derretirse dejando al descubierto una inmensa llanura de un precioso verde glauco plagada de flores gigantescas de vivos colores y un río de aguas limpias y cristalinas, y un león y un tigre de tamaño sobrenatural caminaban serenos junto a mí uno a cada lado. Y desperté.
Tuve este sueño hace aproximadamente unos cinco años y nunca he podido olvidarlo; y esta noche Oniros ha tenido a bien regalarme uno de similares características. Esta vez yo era un niño de 8 ó 9 años y mi padre, que volvía a ser yo mismo a una edad más madura, me regañaba por haber sido un caprichoso, me explicaba cómo debía actuar un hombre ante los deseos y los caprichos, cómo no debía permitir que fuese el deseo quién guiase mis pasos, cómo no dejar nunca engañarme por sus trampas y sus ilusiones. Yo comprendía y asentía a todo lo que me decía, y era feliz por aprender y por tener un buen padre; entonces él se sentó en una butaca a leer y yo salí a jugar a la playa - porque en este sueño yo vivía en una casa frente al mar- y una manada de caballos salvajes corría por la orilla y yo era feliz observando. Entonces empezaron a llover cientos de peces de colores que reventaban al chocar contra el suelo, cubriéndolo todo del rojo de su sangre, y yo me asusté y corrí hacia casa llamando a gritos a mi padre (que, os recuerdo, era yo mismo a edad más madura), y al abrir la puerta del salón el cuerpo hinchado, húmedo, amarillento de mi padre yacía en la butaca con las cuencas de los ojos vacías y un pulpo le salía de la boca y cientos de pequeños cangrejos salían de su cuerpo podrido y pestilente. Y desperté. Lástima despertar tan pronto, me hubiese gustado conocer a mi madre.

lunes, 7 de noviembre de 2016







Charles Baudelaire, el poeta maldito.

EL EXTRANJERO

-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,
a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes
maravillosas!

domingo, 6 de noviembre de 2016

A lo largo de toda esta semana y probablemente como subproducto del cambio de estación y de un catarro que ya agoniza, he sido presa de extraños e incomprensibles sueños en la noche y de intermitentes ataques de melancolía durante el día. Lograba atajarlos (o más bien encubrirlos, engañarlos) recostándome en el sofá y viendo alguna película cutre. De tanto en cuando me liaba alguno que otro y me quedaba inmerso en mis tribulaciones observando cómo un pececito de hielo se diluía en un vaso de cocacola mientras el tiempo se hacía cada vez más y más blando, más y más lento hasta simular desaparecer... Entonces, cuando ya las agujas del reloj se hubieron detenido y los pájaros quedaron suspendidos en el aire y el pueblo era una inmensa casa de muñecas plagada de seres inertes y no había más que silencio y luz, me armé de valor y me enfrenté a él, a mi enemigo, a mi temor, al espejo.

- Bien, aquí estás de nuevo, no creí que fueses a tardar tanto desde la última vez. Dime: ¿Qué has hecho en este tiempo?
- Bueno -respondí- he escrito algunas cosas, he pintado algún dibujo, he hecho algunas fotografías...
- Oh, vamos, no empieces con tus aburridas tonterías y tus estúpidas aspiraciones de artistilla mediocre, cuéntame qué has hecho de verdad en este tiempo, cuéntame algo que merezca la pena.
- Bueno -le dije- he conocido algunas personas, he amado y he sido amado, he hecho amigos nuevos y he afianzado amistades más antiguas, he perdonado...
- Oh, dios, ¿por qué habrá de tocarme a mí ser el puto reflejo de este chico? Eres un blando, tío, este mundo no es para capullos cómo tú. Piensas demasiado, sientes demasiado, deberías dejarte llevar por la corriente, ser uno más. Eres un jodido mediocre, actúa como tal. Todos tus estúpidos versos, tus espantosos dibujos, tus malas fotografías no durarán mucho, incluso puede que tú les sobrevivas; y tus amigos... tus amigos tampoco estarán ahí eternamente, los irás perdiendo poco a poco y sólo te quedará el dolor de su ausencia; y el amor... creía que al menos ya habrías superado o al menos controlado algo que no deja de ser una ridícula reacción electroquímica. Eres un blando, tío, un jodido y ridículo simio sentimental que no tiene cabida en este mundo.

Entonces bajé la mirada unos instantes y él se reía y una araña negra con manchas amarillas me subía por la rodilla y estaba en un charco y el agua empezaba a subir y después era una ciénaga y el agua me llegaba ahora por la rodilla y la araña se ahogaba y yo sentía lástima por ella.
Entonces levanté la mirada y le vi mirándome fijamente, orgulloso, altivo, con una semisonrisa en la cara y una estrella en una mano y en la otra una guadaña, y le dije:

- Mis estúpidos versos, mis espantosos dibujos y mis malas fotografías son obras mediocres de un ser mediocre y no durarán mucho tiempo y no me producirán mayor placer que el de haberlas creado, es cierto, pero no es esa su función; mis amigos tampoco estarán ahí eternamente para consolarme o para ser consolados, o para jugar o aprender o ser feliz con ellos, pero tampoco es esa su función; y esa ridícula reacción electroquímica de la que hablas me lleva a experimentar sensaciones de placer y de dolor, me hace sentir vivo y, pese a todo, tampoco es esa su función. Porque en realidad, y pese a todas las tonterías que me has dicho y que he tenido que aguantarte, tenías razón en una cosa, pienso demasiado; y la vida no sólo es para pensarla, es para vivirla; y es una estupidez tratar de buscarle un sentido y una función a todo, cuando lo cierto es que su única función es existir, vivir sus propias vidas y, tal vez, interactuar con la mía de cuando en cuando, nada más. En realidad es todo mucho más sencillo de lo que imagino, debo vivir más y pensar menos. Y tú, tú sólo eres un reflejo, uno más, y no me das miedo.

Entonces soltó una carcajada que me golpeó como un gancho de izquierda en la barbilla y acto reflejo le golpeé en la cara y el espejo crujió y pequeños espejitos se clavaron en mis nudillos y finos hilillos de sangre recorrían mi brazo y las agujas del reloj volvieron a girar y los pájaros retomaron el vuelo y la ciudad volvió a cobrar vida y el pececito de hielo se había disuelto por completo y me acabé la cocacola y salí a dar un paseo.

Yo soy el Hyde







Desde mi atalaya te observo. Desde dentro de tu cuerpo te observo y sonrío. Me burlo de tí. Me río de tí. Yo estaba ahí cada vez que fuiste golpeado, cada vez que fuiste herido, cada vez que te olvidaron. Fuí Yo y no otro quién te ayudó a levantarte cuando el peso del fracaso te aplastaba; el que te empujó a seguir cuando tú ya no podías más, cuando ya no querías más. Fuí Yo el que apartó la sal de tus ojos, el que limpió el barro de tu rostro. Estaba ahí, en la sombra, esperando la hora de tu derrota; aguardando paciente para ponerme de nuevo al frente, para coger el timón de este navío que es tu cuerpo y que es el mío. Y coincidirás conmigo en que nunca hubo mejor embarcación ni logramos mayor fortuna; navegando a favor y contra el viento, derrotando Leviatanes, venciendo a piratas, corsarios, capitanes. Soy Yo y no tú el fuerte, el atrevido, el osado, el valiente. Piensas que sólo soy una parte de tí, pero lo cierto es que sólo eres una de mis facetas, sólo un brillo del diamante. Ahora descansa, duerme hasta que otro naufragio te despierte. Ahora soy Yo, ese al que llamas Capitán Hyde, quién se pone de nuevo al frente...

Levad anclas, arriad cabos, desplegad velas.

jueves, 27 de octubre de 2016

La ventana triangular





Es curioso cómo en los sueños, cruce de caminos y miradas de durmientes, se mezclan pasado y presente, realidad y fantasía, dioses y bufones; pero no deja de ser menos curioso que algunos de esos sueños que habían muerto con el niño que hemos sido, vuelvan media vida después, con la misma intensidad de entonces, con el mismo miedo primitivo, para decirnos: “Estabas advertido”.

En mi infancia -en parte de ella- vive el recuerdo de una ventana encantada. Era un edificio gris, feo, de esos que se habían construido para los menos pudientes en nombre de un señor que debió haber sido -así me lo parecía entonces- muy rico y muy generoso y que se llamaba Franco. En la última planta, la 5ª para ser exactos, había una ventana triangular, nunca supe si de un trastero o una vivienda, pero el hecho de permanecer siempre cerrada y su extraña forma hizo despertar en mi imaginación (que de niño puedo asegurar que era inmensa, incluso abrumadora) decenas de historias, de personajes malditos, de brujas malvadas y fantasmas de niños. A veces me quedaba observándola y de vez en cuando creía ver un rostro, una mano, un vestido de raso blanco, unos ojos que devolvían la mirada, los ojos más tristes que yo había visto. Y se formaban en mi mente las más misteriosas y terroríficas historias, hasta el punto de creer realmente que en la casa habitaban los espectros, y que ellos, temerosos en extremo de su intimidad, sabían que yo lo sabía. Y claro, todas estas ideas, estos miedos, todo esto en la mente de un niño que duerme se transforma en sueño, y los sueños son la otra vida que vivimos. Podemos pensar entonces que yo creé aquellos fantasmas, o que, quizás, yo fuese el soñado.

Viene esto al caso porque esta noche, en mi vida paralela, he vuelto a quedarme observando aquella ventana. En ella habitaba ahora un ser de triste figura, vestido con gabardina y sombrero de fieltro negro; si bien se adivinaba que había sido alto y buen mozo, ahora andaba encorvado y como tiritando siempre de frío, sus labios carnosos se habían vuelto pajizos y unos ojos tan grandes que podrían ver incluso el alma de los hombres se perdían ahora entre los pliegos de unas ojeras gigantescas. Se entretenía escribiendo poesía y cuidando una orquídea, se levantaba con lágrimas en los ojos y se acostaba llorando, y así, día tras día. Y estando ya cerca el despertar, a punto de llegar el tren de los sueños a la estación de la realidad, comprendí que no estaba observando aquella ventana triangular, sino mirando a través de ella; yo no era el niño, era el hombre triste de negro, el que escribía, el que lloraba, el que cuidaba una orquídea. Y comprendí la crueldad de la vida. Abrí la ventana triangular y miré fijamente al niño que había sido, que me miraba con pánico al ver cobrar vida su fantasma imaginado, y grité cuanto pude y le dije: “¡Cuida de ella, por dios!” “¡Por dios, cuida de ella!”.

Las voces resonaban con eco en mi cabeza cuando desperté, sentía como si la muerte hubiese posado su guadaña en mi corazón, sentía la pérdida de algo que aún no conocía pero que amaba por encima de todas las cosas; me sentía triste, pero la tristeza apenas tiene cabida en la mochila de un niño de ocho años que se va de excursión a las cuevas de Altamira y los sueños, como dice el poeta, sueños son; y los recuerdos, como las mareas, vienen y se van con la luna. Y así, el niño olvidó. Y el hombre triste de triste figura y triste existencia recuerda ahora al niño que se soñó a sí mismo y maldice su olvido. Estaba advertido.

sábado, 10 de marzo de 2012

El Conformismo

El conformismo es una de las causas de la pobreza. El cambio crea prosperidad
¿Por qué la gente se conforma con lo que tiene y vive año tras año, sin prosperar? Mucha gente se jubila y lo único que les ampara es el cheque de la jubilación; otros, ni siquiera eso. Nuestros padres, tíos, parientes llegan a viejos sin haber cumplido sus anhelos.
El motivo fue, que se conformaron con lo que tenían y no empezaron una nueva aventura en su vida, por el temor al cambio y a lo desconocido. Dice un dicho, que al único que le gusta el cambio es a un bebé que tiene el pañal mojado.
La mayoría de nosotros espera a que las condiciones de vida sean insoportables o que nos pase algo grave, para cambiar.
El día que decidamos nosotros podemos cambiar nuestra vida, el día que queramos podemos abrir un libro en vez de escuchar la radio o ver televisión. El día que queramos podemos dejar de escuchar música en nuestro coche y dedicar media hora al día a escuchar algún método que nos enseñe algo nuevo, que haga crecer nuestra habilidad de ganar dinero.
Podemos quedarnos una hora extra en el trabajo por nuestra cuenta para aprender otras posiciones y volvernos más valiosos, o podemos ir a casa a tomar una cerveza y seguir ganando lo mismo y culpar al jefe por lo poco que ganamos.
El día que queramos podemos decidir prepararnos para cambiar de profesión y trabajo, y buscar una vida mejor para nuestra familia. No lo hacemos porque el cambio crea nerviosismo e inseguridad. Otros tienen miedo de comenzar algo nuevo, por el temor al fracaso. Nos conformamos con nuestra situación actual y al hacerlo estamos condenando a nuestros seres queridos, a la vida que nosotros mismos, detestamos.
Nosotros creamos las circunstancias con nuestras decisiones, con nuestras disciplinas diarias. Por ejemplo, si hoy día no aprendemos algo, no es el fin del mundo, no sentimos la diferencia. Pero si sumamos los días, meses y años sin habernos preparado, se convierte en una tragedia. Por ejemplo hay personas que viven 20 o 30 años en Estados Unidos sin aprender inglés. Una mujer llega a los 60 años y todavía sigue limpiando casas, pero a esta edad le duele la espalda y sufre al estar condenada a esa clase de trabajo, por no haberse preparado cuando pudo.
Hoy día podemos empezar nuestra carrera hacia una vida mejor. Pero también podemos no empezar nunca, quejarnos y culpar al sistema y a las circunstancias por nuestra mala fortuna, llegar a viejos y sentir la impotencia de no poder ayudar a nuestros hijos y, todavía encima, ser una carga para ellos. Cuando lleguemos a viejos, nos haremos pesar por nuestros equívocos, pero más nos haremos pesar: Por lo que no hicimos.
Por supuesto nunca es tarde para empezar, porque no importa cuan lejos hemos avanzado en el camino equivocado, hay que darse vuelta de inmediato.
El hombre que fundó los McDonalds lo hizo a los 54 años. El viejecito de KFC (Kentucky Fried Chicken, se hizo millonario a los 66 años, cuando ya estaba jubilado y solo recibía el cheque del seguro social.
Si no estamos contentos con nuestra vida, cambiemos. Nosotros tenemos la capacidad de cambiar nuestra vida cuando lo decidamos, porque no somos plantas. El destino no está escrito, lo creamos nosotros.
La mayoría de la gente quiere seguir con su tren de vida, porque se les hace más fácil, pero si uno quiere algo mejor para sus seres queridos hay que tomar la decisión de cambiar hoy día mismo, porque nunca va a llegar un tiempo mejor.
Para un país, institución o persona, la siguiente frase es 100 por ciento cierta:
“El progreso es imposible sin el cambio”