jueves, 27 de octubre de 2016
La ventana triangular
Es curioso cómo en los sueños, cruce de caminos y miradas de durmientes, se mezclan pasado y presente, realidad y fantasía, dioses y bufones; pero no deja de ser menos curioso que algunos de esos sueños que habían muerto con el niño que hemos sido, vuelvan media vida después, con la misma intensidad de entonces, con el mismo miedo primitivo, para decirnos: Estabas advertido.
En mi infancia -en parte de ella- vive el recuerdo de una ventana encantada. Era un edificio gris, feo, de esos que se habían construido para los menos pudientes en nombre de un señor que debió haber sido -así me lo parecía entonces- muy rico y muy generoso y que se llamaba Franco. En la última planta, la 5ª para ser exactos, había una ventana triangular, nunca supe si de un trastero o una vivienda, pero el hecho de permanecer siempre cerrada y su extraña forma hizo despertar en mi imaginación (que de niño puedo asegurar que era inmensa, incluso abrumadora) decenas de historias, de personajes malditos, de brujas malvadas y fantasmas de niños. A veces me quedaba observándola y de vez en cuando creía ver un rostro, una mano, un vestido de raso blanco, unos ojos que devolvían la mirada, los ojos más tristes que yo había visto. Y se formaban en mi mente las más misteriosas y terroríficas historias, hasta el punto de creer realmente que en la casa habitaban los espectros, y que ellos, temerosos en extremo de su intimidad, sabían que yo lo sabía. Y claro, todas estas ideas, estos miedos, todo esto en la mente de un niño que duerme se transforma en sueño, y los sueños son la otra vida que vivimos. Podemos pensar entonces que yo creé aquellos fantasmas, o que, quizás, yo fuese el soñado.
Viene esto al caso porque esta noche, en mi vida paralela, he vuelto a quedarme observando aquella ventana. En ella habitaba ahora un ser de triste figura, vestido con gabardina y sombrero de fieltro negro; si bien se adivinaba que había sido alto y buen mozo, ahora andaba encorvado y como tiritando siempre de frío, sus labios carnosos se habían vuelto pajizos y unos ojos tan grandes que podrían ver incluso el alma de los hombres se perdían ahora entre los pliegos de unas ojeras gigantescas. Se entretenía escribiendo poesía y cuidando una orquídea, se levantaba con lágrimas en los ojos y se acostaba llorando, y así, día tras día. Y estando ya cerca el despertar, a punto de llegar el tren de los sueños a la estación de la realidad, comprendí que no estaba observando aquella ventana triangular, sino mirando a través de ella; yo no era el niño, era el hombre triste de negro, el que escribía, el que lloraba, el que cuidaba una orquídea. Y comprendí la crueldad de la vida. Abrí la ventana triangular y miré fijamente al niño que había sido, que me miraba con pánico al ver cobrar vida su fantasma imaginado, y grité cuanto pude y le dije: ¡Cuida de ella, por dios! ¡Por dios, cuida de ella!.
Las voces resonaban con eco en mi cabeza cuando desperté, sentía como si la muerte hubiese posado su guadaña en mi corazón, sentía la pérdida de algo que aún no conocía pero que amaba por encima de todas las cosas; me sentía triste, pero la tristeza apenas tiene cabida en la mochila de un niño de ocho años que se va de excursión a las cuevas de Altamira y los sueños, como dice el poeta, sueños son; y los recuerdos, como las mareas, vienen y se van con la luna. Y así, el niño olvidó. Y el hombre triste de triste figura y triste existencia recuerda ahora al niño que se soñó a sí mismo y maldice su olvido. Estaba advertido.
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