Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba
historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las
noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el
día, se reunían a su alrededor y le decían:
-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?
Él explicaba:
-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.
-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.
-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres
sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.
Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.
Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas... Mas al llegar a la
orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al
filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y,
como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno
que tañía su flauta y a un corro de silvanos... Aquella noche, cuando
regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:
-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?
Él respondió:
-No he visto nada.

¿Alguna vez habéis soñado ser otra persona? Una noche soñé que era una
arqueóloga (sí, arqueóloga) y me encontraba en una expedición en la
Antártida, lo curioso fue que estaba en mangas de camisa en ese
gigantesco gigante helado. Yo estaba con dos o tres personas más (creo
recordar que eran algo así como mis ayudantes) y desde el horizonte se
acercaba una figura sonriente que me resultaba muy familiar, tanto como
que era mi padre; lo curioso fue que al seguir la línea de sus rasgos
comprendí
que era yo mismo a la edad de unos 60 años, más o menos, visto desde los
ojos de mi propia hija. Mi padre, que era yo, me sonreía y me hablaba
de las ruinas de una antigua ciudadela enterrada en el hielo. En ese
momento, y sólo en ese momento, comprendí que estaba soñando. Al
instante la ilusión reapareció y olvidé que era un sueño, el hielo
comenzó a derretirse dejando al descubierto una inmensa llanura de un
precioso verde glauco plagada de flores gigantescas de vivos colores y
un río de
aguas limpias y cristalinas, y un león y un tigre de tamaño sobrenatural
caminaban serenos junto a mí uno a cada lado. Y desperté.
Tuve este sueño hace aproximadamente unos cinco años y nunca he podido
olvidarlo; y esta noche Oniros ha tenido a bien regalarme uno de
similares características. Esta vez yo era un niño de 8 ó 9 años y mi
padre, que volvía a ser yo mismo a una edad más madura, me regañaba por
haber sido un caprichoso, me explicaba cómo debía actuar un hombre ante
los deseos y los caprichos, cómo no debía permitir que fuese el deseo
quién guiase mis pasos, cómo no dejar nunca engañarme por sus trampas y
sus
ilusiones. Yo comprendía y asentía a todo lo que me decía, y era feliz
por aprender y por tener un buen padre; entonces él se sentó en una
butaca a leer y yo salí a jugar a la playa - porque en este sueño yo
vivía en una casa frente al mar- y una manada de caballos salvajes
corría por la orilla y yo era feliz observando. Entonces empezaron a
llover cientos de peces de colores que reventaban al chocar contra el
suelo, cubriéndolo todo del rojo de su sangre, y yo me asusté y corrí
hacia casa
llamando a gritos a mi padre (que, os recuerdo, era yo mismo a edad más
madura), y al abrir la puerta del salón el cuerpo hinchado, húmedo,
amarillento de mi padre yacía en la butaca con las cuencas de los ojos
vacías y un pulpo le salía de la boca y cientos de pequeños cangrejos
salían de su cuerpo podrido y pestilente. Y desperté. Lástima despertar
tan pronto, me hubiese gustado conocer a mi madre.
Charles Baudelaire, el poeta maldito.
EL EXTRANJERO
-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,
a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?
-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes
maravillosas!
A lo largo de toda esta semana y probablemente como subproducto del
cambio de estación y de un catarro que ya agoniza, he sido presa de
extraños e incomprensibles sueños en la noche y de intermitentes ataques
de melancolía durante el día. Lograba atajarlos (o más bien
encubrirlos, engañarlos) recostándome en el sofá y viendo alguna película cutre. De tanto en cuando me liaba alguno que otro y
me quedaba inmerso en mis tribulaciones observando cómo un pececito de
hielo se diluía en un vaso de cocacola mientras el tiempo se hacía cada
vez más y más blando, más y más lento hasta simular desaparecer...
Entonces, cuando ya las agujas del reloj se hubieron detenido y los
pájaros quedaron suspendidos en el aire y el pueblo era una inmensa casa
de muñecas plagada de seres inertes y no había más que silencio y luz,
me
armé de valor y me enfrenté a él, a mi enemigo, a mi temor, al espejo.
- Bien, aquí estás de nuevo, no creí que fueses a tardar tanto desde la última vez. Dime: ¿Qué has hecho en este tiempo?
- Bueno -respondí- he escrito algunas cosas, he pintado algún dibujo, he hecho algunas fotografías...
- Oh, vamos, no empieces con tus aburridas tonterías y tus estúpidas
aspiraciones de artistilla mediocre, cuéntame qué has hecho de verdad en
este tiempo, cuéntame algo que merezca la pena.
- Bueno -le dije- he conocido algunas personas, he amado y he sido amado, he hecho amigos nuevos y he afianzado amistades más
antiguas, he perdonado...
- Oh, dios, ¿por qué habrá de tocarme a mí ser el puto reflejo de este
chico? Eres un blando, tío, este mundo no es para capullos cómo tú.
Piensas demasiado, sientes demasiado, deberías dejarte llevar por la
corriente, ser uno más. Eres un jodido mediocre, actúa como tal. Todos
tus estúpidos versos, tus espantosos dibujos, tus malas fotografías no
durarán mucho, incluso puede que tú les sobrevivas; y tus amigos... tus
amigos tampoco estarán ahí eternamente, los irás perdiendo poco a poco y
sólo te quedará el dolor de su ausencia; y el amor... creía que al menos
ya habrías superado o al menos controlado algo que no deja de ser una
ridícula reacción electroquímica. Eres un blando, tío, un jodido y
ridículo simio sentimental que no tiene cabida en este mundo.
Entonces bajé la mirada unos instantes y él se reía y una araña negra
con manchas amarillas me subía por la rodilla y estaba en un charco y el
agua empezaba a subir y después era una ciénaga y el agua me llegaba
ahora por la rodilla y la araña se ahogaba y yo sentía lástima por ella.
Entonces levanté la mirada y le vi mirándome fijamente, orgulloso,
altivo, con una semisonrisa en la cara y una estrella en una mano y en
la otra una guadaña, y le dije:
- Mis estúpidos versos, mis espantosos dibujos y mis malas fotografías
son obras mediocres de un ser mediocre y no durarán mucho tiempo y no
me producirán mayor placer que el de haberlas creado, es cierto, pero no
es esa su función; mis amigos tampoco estarán ahí eternamente para
consolarme o para ser consolados, o para jugar o aprender o ser feliz
con ellos, pero tampoco es esa su función; y esa ridícula reacción
electroquímica de la que hablas me lleva a experimentar sensaciones de
placer y
de dolor, me hace sentir vivo y, pese a todo, tampoco es esa su función.
Porque en realidad, y pese a todas las tonterías que me has dicho y que
he tenido que aguantarte, tenías razón en una cosa, pienso demasiado; y
la vida no sólo es para pensarla, es para vivirla; y es una estupidez
tratar de buscarle un sentido y una función a todo, cuando lo cierto es
que su única función es existir, vivir sus propias vidas y, tal vez,
interactuar con la mía de cuando en cuando, nada más. En realidad es
todo mucho más sencillo de lo que imagino, debo vivir más y pensar
menos. Y tú, tú sólo eres un reflejo, uno más, y no me das miedo.
Entonces soltó una carcajada que me golpeó como un gancho de izquierda
en la barbilla y acto reflejo le golpeé en la cara y el espejo crujió y
pequeños espejitos se clavaron en mis nudillos y finos hilillos de
sangre recorrían mi brazo y las agujas del reloj volvieron a girar y los
pájaros retomaron el vuelo y la ciudad volvió a cobrar vida y el
pececito de hielo se había disuelto por completo y me acabé la cocacola y
salí a dar un paseo.

Desde mi atalaya te observo. Desde dentro de tu cuerpo te observo y
sonrío. Me burlo de tí. Me río de tí. Yo estaba ahí cada vez que fuiste
golpeado, cada vez que fuiste herido, cada vez que te olvidaron. Fuí Yo y
no otro quién te ayudó a levantarte cuando el peso del fracaso te
aplastaba; el que te empujó a seguir cuando tú ya no podías más, cuando
ya no querías más. Fuí Yo el que apartó la sal de tus ojos, el que
limpió el barro de tu rostro. Estaba ahí, en la sombra, esperando la
hora de tu
derrota; aguardando paciente para ponerme de nuevo al frente, para coger
el timón de este navío que es tu cuerpo y que es el mío. Y coincidirás
conmigo en que nunca hubo mejor embarcación ni logramos mayor fortuna;
navegando a favor y contra el viento, derrotando Leviatanes, venciendo a
piratas, corsarios, capitanes. Soy Yo y no tú el fuerte, el atrevido,
el osado, el valiente. Piensas que sólo soy una parte de tí, pero lo
cierto es que sólo eres una de mis facetas, sólo un brillo del diamante.
Ahora descansa, duerme hasta que otro naufragio te despierte. Ahora soy
Yo, ese al que llamas Capitán Hyde, quién se pone de nuevo al frente...
Levad anclas, arriad cabos, desplegad velas.