viernes, 11 de noviembre de 2016

A veces también sé soñar despierto



¿Alguna vez habéis soñado ser otra persona? Una noche soñé que era una arqueóloga (sí, arqueóloga) y me encontraba en una expedición en la Antártida, lo curioso fue que estaba en mangas de camisa en ese gigantesco gigante helado. Yo estaba con dos o tres personas más (creo recordar que eran algo así como mis ayudantes) y desde el horizonte se acercaba una figura sonriente que me resultaba muy familiar, tanto como que era mi padre; lo curioso fue que al seguir la línea de sus rasgos comprendí que era yo mismo a la edad de unos 60 años, más o menos, visto desde los ojos de mi propia hija. Mi padre, que era yo, me sonreía y me hablaba de las ruinas de una antigua ciudadela enterrada en el hielo. En ese momento, y sólo en ese momento, comprendí que estaba soñando. Al instante la ilusión reapareció y olvidé que era un sueño, el hielo comenzó a derretirse dejando al descubierto una inmensa llanura de un precioso verde glauco plagada de flores gigantescas de vivos colores y un río de aguas limpias y cristalinas, y un león y un tigre de tamaño sobrenatural caminaban serenos junto a mí uno a cada lado. Y desperté.
Tuve este sueño hace aproximadamente unos cinco años y nunca he podido olvidarlo; y esta noche Oniros ha tenido a bien regalarme uno de similares características. Esta vez yo era un niño de 8 ó 9 años y mi padre, que volvía a ser yo mismo a una edad más madura, me regañaba por haber sido un caprichoso, me explicaba cómo debía actuar un hombre ante los deseos y los caprichos, cómo no debía permitir que fuese el deseo quién guiase mis pasos, cómo no dejar nunca engañarme por sus trampas y sus ilusiones. Yo comprendía y asentía a todo lo que me decía, y era feliz por aprender y por tener un buen padre; entonces él se sentó en una butaca a leer y yo salí a jugar a la playa - porque en este sueño yo vivía en una casa frente al mar- y una manada de caballos salvajes corría por la orilla y yo era feliz observando. Entonces empezaron a llover cientos de peces de colores que reventaban al chocar contra el suelo, cubriéndolo todo del rojo de su sangre, y yo me asusté y corrí hacia casa llamando a gritos a mi padre (que, os recuerdo, era yo mismo a edad más madura), y al abrir la puerta del salón el cuerpo hinchado, húmedo, amarillento de mi padre yacía en la butaca con las cuencas de los ojos vacías y un pulpo le salía de la boca y cientos de pequeños cangrejos salían de su cuerpo podrido y pestilente. Y desperté. Lástima despertar tan pronto, me hubiese gustado conocer a mi madre.

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