Los reidores celebran con grandes carcajadas las ocurrencias del presentador. Comentan, gritan y ríen. A mandíbula batiente. Y cobran por ello.
Siempre me llamaron la atención estos profesionales de la risa de los programas de televisión argentinos. Son el sustituto de la risa enlatada en los programas que se graban en vivo. Se sientan en torno al televisor mientras el programa se lanza al aire y un micrófono recoge el jolgorio con que festejan los chistes.
Ahora es Marcelo Tinelli quien, micrófono en mano, ameniza la noche argentina y hace que rían los reidores.
Tinelli es el presentador y productor de TV más famoso de Argentina. Mis amigos dicen que si se presentase a presidente de la nación ganaría. Por afano.
Conduce un programa todas las noches: la versión argentina de Mira quién baila. Si en España se trata de un programa blanco y familiar, en esta versión vedettes siliconadas y medio desnudas bailan, por decir algo, o hacen striptease y un jurado de estrellas mediáticas y polémicas valora la coreografía. Pero siempre con una intención benéfica, eso sí. Aunque esta haya pasado a segundo plano eclipsada por las peleas entre el jurado y los concursantes. Peleas que nutren el resto de la parrilla televisiva: ataques, contraataques, dimes, diretes y chusmerío variopinto, inventado o real. Dulce narcótico para una población que queda anonadada ante el espejismo de unas caderas efervescentes que se contonean. Circo para olvidar las preguntas que resultan de vivir.
Zulma Lobato, estrella fugaz mediática, lo resume en una de sus canciones: Hasta Tinelli y el Maipo no paro. Tinelli, ya saben, el presentador de moda. El Maipo, un teatro donde tradicionalmente se hace revista.
Zulma, figurita de barro, títere al que vapulear públicamente. Despojada de su dignidad es paseada por todo programa que se precie con la peluca movida, el carmín excesivo y su travestismo expuesto como chiste. Por si no se entiende el chiste siempre hay alguien que lo explica. Maltratada por la vida, desde la marginalidad es encumbrada a astro televisivo.
Así que como dice Zulma todo vale: hasta Tinelli no se para. Y jóvenes promesas de la TV toman nota y hacen méritos: todos quieren los 15 minutos que Warhol prometió.
Mientras, los reidores ríen, porque la vida al fin y al cabo es un chiste. Aunque a menudo sea malo.
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